ZAIDA

 

 

Alejandro Madruga

 

 

 

 Siempre acostumbro a venir aquí, a evocar su recuerdo, a contemplar nuestro mar; donde ella descansa. En este lugar la encontré y aquí mismo desde este promontorio, la arrojé al mar. Si, la arrojé al mar. Yo no quería. No se como pude regresar y cargarla... Cerré los ojos para no verla y traté de imaginármela como era, tan hermosa. La dejé caer en la parte más profunda, tal como ella lo deseaba. Desde entonces no he dejado de pensar en ella. Todo fue tan breve, como una gran ilusión; si no fuera por los cuadros pensaría que lo soñé. Pero quedan los cuadros; donde aparece ella, tan viva, tan real. Antes de conocerla carecía de voluntad para pintar; abandonaba siempre a medias todas las obras. Necesitaba de alguien que me alentara, que le diera sentido a mi vida, y esa inspiración me la dio ella: Zaida.

 

     Caminaba cerca de los arrecifes, entre los afilados dientes de perro, como cada tarde, hasta que el sol comenzaba a precipi­tarse sobre las aguas. Buscaba, entonces, mi lugar preferido, dos prominentes rocas, que soportaban de lado a lado una gruesa tabla; ahí me sentaba yo, y me sigo sentando aun, a contemplar los colores del crepúsculo y a soñar; dejaba volar mi fantasía, fantasía de un hombre solitario, de un artista fracasado. La fantasía mas común en mi, y la que siempre trate de reflejar en mis cuadros; era el mito de Venus emergiendo del mar. La veía caminar sobre las olas; con sus cabellos sueltos, ondulando sobre el aire: la diosa venida del mar, con los caracoles aun enredados en su pelo negro, cubierto su cuerpo de arena. Así quería pintarla yo; pero entre el pensamiento y la acción, existe un pasadizo oscuro, rodeado de abismos y es tan fácil caer desde la altura de los sueños y extraviarse por el sendero de la locura. Por ese entonces me encontraba abatido. Había perdido toda espe­ranza. Ya no esperaba nada del mundo, sólo esa honda nostalgia, esa larga soledad ante el inmenso mar: nada despertaría mi desen­cantado espíritu. Así pensaba yo. No podía imaginarme que cuando  la tarde expirara y la oscuridad comenzara a adueñarse de mi alma, aparecería aquella luz, que vendría a cambiar mi vida. Y esta  parte, la más fantástica e increíble, es la que me dispongo a contarles.

 

     Mi vista estaba fija en el mar, casualmente en ese punto, donde  una tenue luz comenzó a surgir de las aguas, iluminando la incipiente noche: un objeto brillante emergía del mar, tenía la forma de una concha gigantesca, al menos eso me pareció, el mar se había calmado y dejaba que aquella cosa flotara suavemente sobre sus aguas. Observé, como la enorme concha comenzó abrirse dejando ver una oscura ranura  de la cual brotaba una luz amari­llenta que me cegó, y me obligo a cerrar los ojos, cuando los abrí nuevamente, vi como la luz estaba dirigida hacia la parte mas alta de los arrecifes formando un puente con la nave. Fue entonces, cuando del interior de la nave salió una horrible mole oscura y comenzó a avanzar sobre la luz,   era un animal monstruoso: tenía dos ojos redondos y abultados, como los de un sapo, su cabeza era lisa y la piel negra, parecía arrastrarse sobre la luz; no tenía una figura definida, a veces se alargaba como una enorme serpiente de dos metros, otras se encogía y aplastaba como una gran medusa, su cuerpo voluble daba la impre­sión de algo blando, gelatinoso. De pronto aquella cosa se detuvo y se alzó tomando la forma de un gigantesco pulpo negro, a la vez que su diabólica figura se iba estirando caprichosamente. Se volvió hacia mi, el monstruo me había visto y me miraba fijamente con aquellos voluminosos ojos grises. Traté de escapar pero caí y perdí el conocimiento.

 

     Cuando volví en mí, estaba allí, con su pelo negro, lacio y sus ojos, entre azules y grises; y aquella mirada que me penetraba y me llegaba hasta lo mas profundo de mi ser. Ella dejó de mirarme y yo sentí un ligero mareo, acompañado de una sensación de vacío. Al fin me repuse.

 

     ‑ ¿Quién eres? ‑le pregunté.

 

     ‑ Vine en esa nave que tu viste.

 

     ‑ ¿Y el monstruo?

 

     ‑ No es un monstruo, es un animal inofensivo que utilizamos como rastreo, es muy sensible a los cambios, por eso lo hacemos descender primero; si no le ocurre nada, es que no hay peligro.

 

     ‑ ¿Y la nave?

 

     ‑ Se ha ido.

 

     ‑ ¿Y tú...?

 

     ‑ Yo me quedé, necesito tu ayuda.

 

     ‑ ¿Mi ayuda?

 

     ‑ No sé a donde ir, además nadie debe verme... ayúdame.

 

     Vi en sus ojos grises esa tristeza, esa infinita melancolía que de alguna forma misteriosa me era conocida.

 

     ‑ Te llevaré a mi casa. ¿Quieres?

 

     ‑ Sí, pero recuerda, nadie debe verme, ni siquiera conocer que estoy aquí.

 

     Yo asentí con la cabeza, ella subió al auto, salimos a la carretera. Había un grupo de niños jugando en la calle, a través del espejo, vi como ella se ocultaba. ¡No quería que nadie la viera! Me preguntaba entonces ¿por qué?

 

     Cuando llegamos a la casa, ella me pidió que cerrara todas las ventanas, y que no abriera la puerta sin antes avisarle y darle tiempo a esconderse. ¿A qué le temía?, siempre me hice   esa pregunta. 

 

     Yo tenía una ventana que daba al mar, desde allí veía si había oleaje, si variaba el azul del mar o si pasaba algún barco, y ella me pedía que la cerrara, que dejara de ver el mar,  de respirar su brisa. Pero lo que yo  no sabía era, que al ce­rrarla, estaba abriendo otras ventanas desconocidas.

 

     Pronto me acostumbré a estar encerrado, debo confesar que me pasaba semanas enteras sin salir. En ella todo era enigmático, aquellos ojos grises, a veces inexpresivos, otras centelleaban y se encendían con luces azules, y su voz tan suave y melodiosa que parecía venir de todas partes, que me estremecía. Zaida. Ese era su nombre, aunque, jamás tuve que utilizarlo. Cuando pensaba en llamarla, ella aparecía al momento; claro, ella leía mis pensamientos. Nos pasábamos las horas hablando. Ella  siempre  se las  ingeniaba para que la conversación girase en torno a mi vida. Con el  tiempo no tenía nada que contarle, en cambio yo de ella; nunca supe nada.

 

     Me le acerco sigilosamente; yo sé que ella lo sabe, siempre me está esperando. Ella se vuelve hacia mí; lo sabía, me presiente. Yo le sonrío, en sus ojos grises aparece un  destello azul, me le acerco y el brillo azul desaparece; entonces, ella me mira con aquellos ojos grises, inexpresivos. Siempre es igual, siento que me ama; cuando en sus ojos aparece esa lucecilla azul. Pero también, siento que me rechaza; cuando sus ojos se apagan y se tornan grises. Siempre he sido un hombre muy tímido, quizás no sean más que justificaciones. Pero estoy seguro que es así.

 

     Ella ha aceptado posar para mis cuadros. Es extraño, pero viéndola a ella, se me ocurre el paisaje. Con ella, he pintado mis cuadros mas hermosos; siempre ella y el mar. Puedo ver como el viento bate su pelo, como las olas la salpican y contemplarla caminar sobre las olas. Aunque todo permanece cerrado, mis ojos están mas abiertos que nunca; viéndola a ella, puedo ver los colores del cielo, del mar; hasta del aire. Sólo había un proble­ma: desde entonces comencé a tener pesadillas, y en todas aparecía aquel horripilante ser que venía en la nave; por lo que me pasaba todo el día con sueño, y lo peor constantemente me dormía pintando y hasta tenía la impresión que pintaba dormi­do, esta suposición me intrigaba enormemente y me asustaba. ¿Estaría perdiendo la noción entre sueño y realidad?

 

     Alguien toca a la puerta, era un primo que a cada rato me hacia la visita. Siento una voz interior que me dice que no lo reciba, que nadie la puede ver. Me excuso, le digo que no lo puedo atender, que estoy muy ocupado pintando: el insiste. La voz me suplica que no lo deje entrar. Lo despido bruscamente: el pone cara de inteligencia, sospecha que le oculto algo; pero al fin se retira.

 

     Se me acerca agradecida, me doy cuenta porque veo coquetear en sus ojos aquella luz azul; yo me le aproximo, el co­razón late de prisa; fijo mis ojos en los suyos, tan radiantes, encendidos con fuegos azules. ¡Me amaba! Le tomo la mano y la suelto inmediatamente; contemplo sus ojos grises, su rostro excesivamente pálido; retrocedo impulsado por un temor oculto, era absurdo pero tenía la impresión de haber tocado a un muerto. No lo podía entender, pero eso fue lo que sentí en ese momento. No era ella un ser de otro planeta, entonces, su cuerpo podía tener otra temperatura. Era sólo el miedo ancestral a la muerte, a lo desconocido. Esa fue la explicación que traté de darme. 

 

     ‑ ¿Por qué nunca me hablas de ti? ‑le pregunté sin mirarla.

 

     ‑ Debo decirte algo, que ya te imaginas. Soy telépata, sé todo lo que piensas...

 

     Me miró fijamente con sus ojos grises, y percibía en ellos un dolor... No era tristeza, era dolor; dolor físico. Dolor que soportaba.

 

     ‑ Esto es un experimento. Pero no sabíamos que ustedes eran tan emotivos, tan sentimentales. Ellos, los de mi planeta, son mentes... mentes lógicas, carentes de sentimientos. En cambio tú... He aprendido contigo y siento cosas que nunca antes comprendí. Pero somos diferentes, yo no soy lo que tu ves.

 

     ‑ No me importa nada, sólo quiero tenerte a mi lado.

 

     ‑ Pero existen otras cosas que aún no comprendes, ni   com­prenderás. Yo puedo inducirte a pensar, a imaginarte cosas que no existen en realidad; son pensamientos que al unirse con los tuyos conforman imágenes, imágenes vivientes, sentimentales; nunca pensé nada igual. Es imposible entrar en contacto con  ustedes, sin sentir, sin sufrir... sin... 

 

     Calló. Cerró sus ojos, y vi una lágrima correr por sus

 mejillas.

 

     ‑ Muchas cosas no estaban previstas. Yo soy lo que tú siempre  has deseado. Pero esos sentimientos me están enferman­do. No estoy preparada para esto. Mi mente no soporta esta carga emocional.

 

     Me habló en un tono que no era habitual en ella. Yo creía que ahí estaba la razón de todo: ella podía saber lo que yo pensaba, incluso crearme alucinaciones, y yo nunca podría saber nada de ella. ¿Era eso lo que la hacía rechazarme? ¿Por que  no quería  que nadie la viese? No podía entender que mis senti­mientos la enfermaran. Ella tenía razón había cosas que  no com­prendía.

 

     Yo la amaba, la amaba con un amor acumulado de años, años de soledad, de esperas; ahora la había encontrado, la tenía a mi lado, bajo mi mismo techo. Era inevitable que llegara a amarla, y la amé; y me adapté a amarla como ella quería  que yo la amase. Pero eso no bastó, cada día se veía mas pálida, pero no era la palidez habitual, su piel tomaba un color cenizo; sus ojos apenas lograban aquel brillo azul de antaño, y lo peor es que no respi­raba; aunque ahora tengo la impresión, que ella jamás respiró; nunca le vi el mas mínimo movimiento para aspirar el aire, sé que es imposible si aceptamos que su organismo es igual al nuestro; pero yo tenía el presentimiento de que no era así, y que sin dudas, esa era la causa de su rechazo. Y estaba en lo cierto. 

 

     Y aunque sentía que me amaba, estaba convencido que todo contacto era imposible. Desistí de mis impulsos  de abrazarla, temiendo hacerle daño.  Me conformaba con pintarla, verla caminar suavemente por la habitación; sentirla acariciándolo todo; verla  vivir, vivir junto a mí, creando imágenes; ver sus ojos grises,  tan tristes, con esa perdida mirada azul.

 

     La casa seguía cerrada; habitada sólo por mis cuadros, ella y yo. Yo sentía como su palidez lo cubría todo. Su voz se con­vertía en un susurro, y sus ojos; sus ojos sin luz, me miraban con  una expresión tan triste y desolada. ¡Se moría! ¡Yo sabía que se me moría!

 

     Esa tarde me pidió que la llevara al mar, al mismo lugar donde la encontré. Sentí miedo, tenía el presentimiento que la iba a perder. Y me resistía a esa idea. Siempre lo supe, y cuando llegó el momento: fui egoísta, muy egoísta. Desde entonces no he podido pintar. La mano me tiembla y se me caen los pinceles. ¿Quién sabe cuánto sufrió ella?... Si, ¡ella! Para mi siempre será ¡Zaida!, a pesar de todo. Desde entonces vivo con ciertas interrogantes: ¿cual fue su misión? ¿Hacer contacto? Hoy creo que ella se sacrificó; tal vez  por nosotros, tal vez en aras de la ciencia o quizás por conocer nuestros sentimientos, y esto último es lo que yo creo: esa criatura deseaba conocernos, deseaba... ¿Y por qué no? Que alguien la amara.  

 

      Salimos en el auto, igual que cuando la traje, ella se ocultaba.

 

     ‑ ¿Nunca me has dicho porqué nadie debe verte? ‑le pregunté.

 

     ‑ Sólo tus ojos pueden verme, o es que lo has olvidado. Sólo tu puedes verme. Sólo tú.

 

     ‑ Era ella la que hablaba, pero yo sentía su voz; sí la sentía, la sentía dentro de mí, y lo peor; la sentía sufrir. No sé cómo, pero la sentía sufrir dentro de mí.

 

     Llegamos. Ella se paró en el mismo lugar donde nos encontramos. Se volvió hacia mí; a través de sus ojos transparentes, podía ver el azul del mar. Fue una imagen fugaz; luego sin decir nada, se alejó hacia el promontorio.

 

     ‑ ¿Qué vas a hacer? ‑ grité.

 

     Pero ella no me respondió, corrí hasta alcanzarla y la sujeté con todas mis fuerzas. Forcejeamos y caímos al suelo uni­dos. La tenía por primera vez en mis brazos. Ella estaba helada, pero ya nada me importaba, estaba bajo un estado febril y solo deseaba que viviese, que viviese para mí, para mis cuadros.

 

     ‑ Por favor suéltame, suéltame antes de que sea demasiado tarde.

 

     Yo la tenía en mis brazos, y no la iba a soltar; sabía lo que intentaría.

 

     ‑ ¡No!, ¡no te dejaré!,¡no puedes morir!, te necesito.

 

     ‑ Te lo suplico, suéltame ‑su voz era un quejido.

 

     ‑No... Nunca, nunca...

 

     Y comencé a besarla largamente, como lo había deseado, como tantas y tantas noches lo había soñado.

 

     ‑ Por favor ... déjame ir... no me detengas... no debes

 verme...voy a morir...

 

     Su voz se escuchaba cada vez más lejos, más lejos; hasta dejar de escucharse. Estaba muerta. Hundí mi cabeza en su  pecho. Fue entonces, cuando sentí  mis manos resbalar sobre una superficie lisa, blanda, y que se hundían en algo viscoso. Separé el rostro y vi su pecho oscuro. Alcé la vista y vi dos grandes ojos redondos, voluminosos, con dos pupilas grises; inexpresivas. Lancé un grito de horror, mientras trataba de deshacerme de aquella cosa gelatinosa. Comencé a rodar, a arras­trarme entre los arrecifes; tratando de alejarme lo más posible de aquello. Me detuve un momento, sentía aún las manos pegajosas; quería cerciorarme, quería estar seguro; a pesar de mi horror, logré volver el rostro y mirar aquello. ¡Si! ¡Era eso!  ¡El monstruo que salió de la nave!... Cerré los ojos para no verla y traté de imaginarmela como había sido, tan hermosa... ¡Zaida!